Yo quería que me dijera todas las estupideces que a las mujeres nos agrada escuchar, aunque no me gusta escucharlas de otra persona, quería escucharlas de él. Pero él sólo atinaba a mirarme y a dejarme con la ilusión por el piso. Por dentro esperaba que me dijera que me quería sólo a mí, que no podría vivir sin mí y que soy yo la única que lo hacía sonreír. Esperaba inútilmente una promesa de amor eterno, una frase de esas que haría sonrojar al mismo Neruda, pero no, él nunca lo diría. Maldita la hora en que se me salió, en pleno silencio post-sexual, un imponente “Te quiero”. Se quedó mirándome con cara de sorpresa y yo mirándolo con cara de bestia (¿qué otra cara podría tener luego de semejante bestialidad?). Ahí se vino el silencio incomodo, ese del que todo el mundo se queja, ese que hace sonrojar a cualquiera, ese del que ni el mas hablador se salva. -¿Por qué quieres que te mienta?- Me preguntó finalmente, aunque con esa pregunta, prefería el silencio. - No sé, a veces es bueno h...
Desde el inicio de los tiempos, hasta estos tiempos con mucho que escribir.