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Dame la derrota

- Déjalo
Eso fue lo único que atiné a decirle, de las cosas menos inteligentes que le he dicho. De las cosas más estúpidas que he podido decir.

No era un consejo, era mi deseo. Yo quería dejar de tener la mitad de la naranja para tenerla completa, ella completa.

Quería dejar de vivir la ilusión de un “Podría ser” para tener un “Felices para siempre” como si de verdad existieran los cuentos de hadas, como si yo creyera en ellos, como si pensara que en algún lugar al final del cuento realmente se encuentra la felicidad eterna que le prometen a las niñas al dormir.

No entendía cómo ella siendo tan perfecta para mi, lograba estar con alguien más si yo era para ella, si siempre fui para ella aunque antes no la encontraba y vine a hacerlo cuando ya alguien más ocupaba mi lugar.

- Olvídame

Eso me respondió.
Ella pretendía que yo sencillamente quitara los recuerdos de la cabeza y de eso que llaman corazón, fácil.

Olvidarla era olvidar muchas horas de mi vida que, en ese caso, hubieran sido desperdiciadas al estar con un ser que no destrozaba corazones ni era una villana, solo era una mujer normal con una vida normal, que apareció de repente para que mi vida tuviera un color más brillante, para que las estrellas fugaces no tuvieramos que verlas solo en el cielo sino sentirlas en la panza.

- Déjame

Yo no era capaz de olvidarla, así que ella, quizás, en medio de sus dulces labios pudiera decir las palabras que yo no podía pronunciar, que no quería decir, que no pensaba ejecutar. Si su mundo  estaba en mi contra, era su deber vencer al enemigo quien, en este caso, pedía a gritos la derrota.

- No te dejo, te olvido.


Y la puerta cerrándose fue lo último que vi.

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